SE INCENDIA LA CASA DEL VECINO

HPS

Por

ANDRÉS BARRETO GONZÁLEZ

@andresbarretog

Muy preocupados andan los venezolanos por la situación de su país. Ese bravo pueblo que nadaba en petróleo, oro y riquezas naturales, hoy es una evidencia de lo que sucede cuando los regímenes totalitarios e irresponsables acceden al poder para hacer todo aquello que criticaban, pero con mucha mayor perversidad.

La pauperización de la economía a través del derroche estatal en publicidad, eventos, ampliación de programas asistencialistas sin sustento técnico, malas decisiones administrativas y gerenciales, cooptación política, desinstitucionalización, desequilibrio en el poder, entre otras; son las estrategias con las que la irresponsabilidad se hace a la gobernabilidad, dejando estas devastadoras consecuencias.

De la hermosa Venezuela Saudita ya no queda sino el recuerdo, un país sumido en el caos, el desabastecimiento, la anarquía y la inseguridad. Aquella Venezuela que en las décadas de los setenta y los ochenta construyó infraestructura derivada de su bonanza petrolera, hoy tiene autopistas destruidas, racionamientos energéticos, y una tasa de violencia inmedible e inmanejable.

Venezuela se convirtió en un Estado fallido, uno en donde las libertades civiles, los derechos humanos y colectivos, y el proyecto de nación se hundió en el discurso, el derroche, la politiquería y la irresponsabilidad.

La lección de Venezuela es muy dura, más allá del cliché del “pueblo hermano”, era en realidad un edén para los colombianos. Trabajadores, campesinos, desplazados y empresarios emigraron un día al vecino país en busca de un mejor futuro. Con tesón, trabajo y pujanza encontraron recibo en un país vecino que – a pesar de la creencia popular –, es muy diferente al nuestro.

Una geografía majestuosa, unos recursos natrales exuberantes, una prosperidad basada en el petróleo, la industria y el comercio, hacían de este lugar la tierra prometida para los colombianos que huían de la violencia, la falta de oportunidad, el caos, el desgobierno.

La inmigración de la que se nutrió Venezuela desde el Siglo XIX dio como fruto un crisol de culturas y herencias orgullosas que coexistían en un plano de armonía. El petróleo trajo inmigración del mundo árabe – musulmán, los portugueses montaron panaderías, los españoles fundaron clubes y trajeron su gastronomía, los italianos montaron industria, almacenes y dejaron sus apellidos, incluso en las montañas venezolanas perdura un pueblo alemán en donde la arquitectura, la fisonomía de sus habitantes y el sabor de sus productos gastronómicos son el recuerdo de un país que pudo ser el sueño americano en el sur del continente.

El Socialismo del Siglo XXI irrumpió sin una agenda clara, sin un proyecto político, sin un un ideal de nación, solo quitar, expropiar, odiar, destruir, pauperizar, y dejar convertido en cenizas lo que fue una gran nación. La responsabilidad de la clase política tradicional venezolana no es menor en lo acontecido, pero el haberse dejado tomar ventaja del folclor tropical de una dictadura en ciernes deja como herencia un aparato productivo destruido, una hiperinflación, hambre, desempleo, viudez y escasez.

Colombia celebra con bombos y platillos sus indicadores amañados, pero se olvida de que acá también padecemos el derroche, la indolencia, la polarización, la desinstitucionalización, con una amenaza criminal mucho más diabólica que la que padece el vecino país. Más allá del discurso político o los motes “Castrochavistas”, nos debe doler el horror de nuestro vecino, en sus tierras siguen viviendo miles de connacionales con estoicismo y amor de inmigrante, otros han tenido que regresar, unos por voluntad propia, otros expropiados, deportados, maltratados.

El Gobierno Nacional se hace el de la vista gorda ante una frontera cerrada para el ciudadano pero porosa para la delincuencia, Bogotá guarda un cómplice silencio frente a la dictadura, el caos, el desorden. Los principios de no injerencia y no intervención no son excusa cuando los derechos humanos son vulnerados y la democracia está en jaque.

Colombia poca autoridad moral tiene para dar lecciones de gobierno o democracia a sus vecinos, pero sí le asiste mucha responsabilidad en el silencio inhumano con el que trata a sus connacionales, y la arrogancia e indolencia de sus entidades y autoridades contrastan con los miles de colombianos que un día se fueron sin nada, o que construyeron con ejemplo y tesón empresas, negocios, futuro. Esos connacionales de todas las clases y realidades hoy regresan en la mitad de un circo que pasa por el eje Bogotá – Caracas – La Habana que ha reescrito una historia demencial y antidemocrática en pleno Siglo XXI.

Ojalá que este silencio indolente y la cobardía oficial pasen factura en el futuro electoral, el maltrato de ciudades como Cúcuta y el dolor de un pueblo que comparte lazos verdaderos, no puede ser superior a las agendas personales de los gobernantes, los líderes están para servir, no para callar.

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