CAMBIARLO TODO, PARA QUE TODO SIGA IGUAL

Por

Andrés Barreto González

@andresbarretog

 

El actual gobierno, que es actual desde el 2010, es muy proclive a utilizar términos grandilocuentes y rimbombantes sobre sus decisiones administrativas, mostrándolas como una gran astucia de ese ya desteñido término del “buen gobierno”.

Con este particular nombre Juan Manuel Santos constituyó una oficina de consultoría en el pasado, lo que en realidad no era otra cosa que un mitin político de conspiraciones e intromisiones.

El buen gobierno se supondría sería la impronta de su gobierno, lleno de tecnocracia, fundamentado en esos años de experiencia publica como ministro, “embajador” del café, periodista (aunque en realidad era un director de periódico), y una carrera publica edificada sobre su apellido y la necesidad de tener al principal diario del país en el bolsillo.

Ya mucho se han extendido en adjetivos del “político” Santos sus otrora compañeros, discípulos y jefes, lo que es objeto de esta reflexión son sus cacareos sobre bueno gobierno y eficiencia administrativa.

Con un penoso desorden escindió los ministerios fusionados por su antecesor, pero en un craso error administrativo y con grandes costos de eficiencia, coordinación y presupuesto, optó por crearle a cada problema una consejería o ministerio sin estructura.

Fue así como vendió la idea de un Ministerio de la Presidencia como la gran solución a la gestión y eficacia administrativa, reemplazo de la ya conocida y eficaz Secretaría General de la Presidencia de la República (Dirección del Departamento Administrativo de la Presidencia).

Allí empezaron las fricciones, luchas de poder, descoordinación, duplicidad de funciones, en fin, todo aquello que no era necesario sucediera en el nuevo modelo de “buen gobierno”. Por si fuera poco, las altas consejerías crecieron, se crearon ministerios de papel sin capacidad administrativa y jurídica, famosos fueron los nombres con los que se bautizaron estos entes de papel, así como las figuras quemadas y recicladas de la política nacional que los ocuparon, todo para nada, un derroche de recursos sin ningún resultado.

En esa estructura robusta y costosa de Estado, Santos nos vendió la idea de la eficacia, la eficiencia, y la tecnocracia, lo que en realidad no era otra cosa que la antítesis de la adecuada coordinación y el buen gobierno.

Hoy con un déficit fiscal rampante, una imagen institucional por los suelos y unos inexistentes resultados Santos da la vuelta a la hoja regresando las cosas a su estado anterior, se eliminan los rimbombantes ministerios de la presidencia, del posconflicto y otras absurdeces sin sustento técnico ni funcionalidad administrativa alguna, se vuelve a las ya subordinadas figuras de altas consejerías, que de altas solo tienen el nombre, y vuelve a ser la Secretaría General la encargada de administrar la Presidencia, lo que ya en el pasado existió, y este gobierno con nombres y formas quiso cambiar para nada.

Esos “ministerios” sin cartera costaron (en nómina solamente) un aproximado de $250 millones mensuales cada uno, ¿para qué?, ¿con qué objeto?, ¿fue eso “buen gobierno”?, más bien se convirtieron en caros escampaderos que traumatizaron la ya de por si tortuosa administración pública nacional, y lo que hicieron fue aflorar odios, enemistades e inconvenientes, basta recordar el episodio de las almendras para ver de que estaban hechos los tuétanos de tan altas dignidades.

La eficacia y eficiencia estatal no se mide por el tamaño de su aparato, para un Gobierno que ha ensanchado la nómina estatal en más o menos 18.000 cargos hablar de “buen gobierno” es un contrasentido, con tal plantilla y tantos comerciales de TV lo mínimo que esperaríamos los ciudadanos serían buenos resultados, una adecuada gestión, un mejor Estado, y por el contrario tenemos serias deficiencias, caras burocracias y unos resultados de gestión y percepción bajísimos, lo que pone en jaque a un gobierno que cabalga sobre el 13% de favorabilidad.

Es la hora de reflexionar que Colombia queremos para el 2018, no la de solo eslogan, publicidad, derroche, debemos lograr una Colombia incluyente, prospera, equitativa, que no polarice y que no engañe, una en donde quepamos todos los colombianos, ¡todos!.

 

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