¿PARTIDOS O GREMIOS?

Andrés Barreto González

@andresbarretog

Es preocupante el enfrentamiento que se presenta en Colombia en todos los frentes. A pesar de estar hablando de “paz” hasta el cansancio el término ha perdido su fuerza, y como dice la filosofía, las palabras son campos de batalla que se ganan o se pierden cada día.

Cuando algunos de los actores del conflicto se sientan a “dialogar” a varias millas náuticas de Colombia en la Isla de Cuba, en Colombia el nivel de pugnacidad lingüística, política, mediática y social alcanza unos máximos históricos que permiten evidenciar que la reconciliación, la verdad y la construcción colectiva están muy lejos de los tales acuerdos, y mucho más lejanos de las firmas.

En La Habana se sientan dos elites e redibujar con inmediatez y cálculo político un futuro que ellos mismos se han inventado, con el fin de mantener su status con diferente ropaje.

Sobre el llamado “lexicón” del conflicto han escrito plumas mucho más autorizadas que las del suscrito, pero sobre un punto de interés como es la participación y el Capacity Building en Colombia poco se ha dicho por el miedo de caer en el estereotipo o, peor aún, en el campo de batalla en el que se ha convertido el lenguaje de la paz y de la guerra.

Mi profesor de ideas políticas se compadecía de una sociedad en donde los ejercicios políticos y colectivos no estuvieran potenciados por partidos de lícitos intereses, el partido de los artesanos, de los maestros, de los obreros, de los poetas; solo a través de esas construcciones colectivas basadas en aportes plurisectoriales se podría lograr un Estado sólido, maduro y – a pesar de lo evidente de cada grupo –, cohesionado.

En la Colombia del Siglo XXI – además de seguir padeciendo las violencias, la guerra el hambre y la miseria -, evidenciamos la orfandad política como lastre de la destrucción gremial, sindical, asociativa y colectiva. El dilema no es la “guerra” y la “paz”, tragicomedia que se quedó en una isla del Caribe para regresar con un papel firmado que protocolice las catástrofes futuras, sino que además se ha somatizado en unos gremios castrados, puerta giratoria entre la institucionalidad política y gubernamental y el sector privado, y es otro teatro de operaciones para la guerra verbal y la intimidación política.

Esta semana vemos como se empieza a estereotipar a campesinos, labriegos, agricultores, pequeños, medianos y grandes ganaderos de pastoreo, subsistencia o sacrificio, y como su gremio se bate en la arena política con el todopoderoso ministerio de agricultura y desarrollo rural, este último un apellido sin sentido, pues si algo nunca ha habido en Colombia es “desarrollo rural”, si así fuera no habría “diálogos”, la paz de Colombia sería un hecho, pues la paz pasa por un tema trasversal: lo rural.

Flaco favor le hace a la democracia un Estado que persigue y ataca gremios, asociaciones, sindicatos, colectivos, familias y partidos; idéntico error cometen los gremios que son dirigidos por políticos, que son utilizados con agendas personales, que olvidan su fin último de luchar por el asociado, por el agremiado.

Colombia necesita cada vez más y mejores ejercicios de participación activa – plural, gremios, sindicatos, colectivos, cooperativas, y cada vez menos partidos politiqueros que lo que son – en el lenguaje real -, es microempresas electoreras o plataformas de ocasión sin ninguna vocación de poder o permanencia.

Hagamos primero las paces en la palabra, desmilitaricemos el campo de las ideas, reorganicemos las prioridades como Nación, y no caigamos en el juego de las elites (formales o informales) que definen nuestro futuro, aquellas que convirtieron el campo, la justicia y la política en sus feudos reservados.

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